¡¡¡¡LOS MORLOCKS!!!!

Julio Verne: París en el siglo XX (1863)

Texto de Carles Llonch Molina

Con ciertos libros me pasa que, aunque no me sienta muy atraído por el argumento o el estilo, me interesan las lecturas secundarias o análisis que a través de ellos se puede generar. Es claramente lo que me pasa con París en el siglo XX de Julio Verne. Aprovecho para agradecer a David, amigo además de colaborador del del podcast Leyendo Ciencia Ficción, la recomendación del mismo.

Escrita en algún momento no posterior a 1863 no se vio en las librerías hasta nada más y nada menos que 1994, más de 100 años después. La razón principal es que Hetzel, el que fuera editor de Verne casi toda su vida,  en su día rechazó frontalmente su publicación.  Alegó sus razones en una carta que aún se conserva hoy día:  <<No está usted maduro para un libro así, vuelva a intentarlo dentro de veinte años>> o <<Nada en este libro ofende ni mis sentimientos ni mis ideas. Sólo ofende a la literatura>>  son algunas de las perlas que le dedica en la misiva. Otra de las causas de esta dilatada espera es que el manuscrito acabó en una caja fuerte perteneciente a la familia Verne cuya llave se extravió en el tiempo.

Si bien es cierto que no es de las obras más estimulantes que he leído a nivel literario, es a su vez una interesante mezcla decimonónica de obra de anticipación científica y distopía social. Además  aborda cuestiones que se suelen obviar, tales como la relación entre economía,  cultura y arte. 

Por otra parte, es una de esas novelas en las que la ciudad aparece representada casi como un personaje más, y eso me fascina (hace poco hablé de La ciudad y la ciudad por la misma razón). Desde una perspectiva actual el texto desprende un marcado carácter steampunk gracias a la voluntad enciclopédica y minuciosa con la que Verne describe la metrópolis y las invenciones que la hacen posible. 

Nos encontramos en el año 1960 y París es una metrópolis que se ha extendido enormemente. Una red pública de trenes permite a las personas moverse por la misma. Las vías y las estaciones están elevadas para dejar paso al denso tráfico de coches a motor de explosión de gas y los peatones gozan de calles completamente iluminadas de la mano de la electricidad. Las telecomunicaciones se han globalizado gracias a la telegrafía eléctrica que, mediante cientos de cables que surcan el océano, permite enviar a su vez imágenes de todo tipo.

El estado facilita y promueve la libre circulación de capital y, mediante una educación universalizada, ha hecho calar en las mentes el culto al pensamiento científico. Es importante remarcar que lo que propone Verne no es una sociedad autoritaria, sino una utilitarista en la que el conocimiento práctico es hegemónico. 

Es en esta donde vive un joven poeta llamado Michel, el protagonista de la historia. Será a través de sus vivencias que Verne articulará lo que parece ser una elegía anti-moderna, una especie de radiografía de la posible decadencia de la cultura europea por culpa de la universalización de las idea de progreso, la revolución inudstrial y la globalización económica. Es remarcable la manera en la que preconiza, en lo que al arte respecta, la paulatina deconstrucción de los elementos formales clásicos en que desembocará la modernidad, e incluso el carácter espectacular de la industria culural contemporánea.

Michel es algo así como el último artista romántico, un compositor de versos cuyo gusto estético choca frontalmente con el de su época. Él y su amigo Quinsonnas deberán cuestionarse qué posturas creativas tomar ante una escena adversa para sus aspiraciones: la poesía de ese 1960 se dedica a ensalzar ciertas máquinas o experimentos químicos y los géneros teatrales permitidos son aquellos enfocados al mero entretenimiento (la tragedia está prohibida). La falta de creatividad lleva a reescribir una y otra vez obras antiguas (¿os suena?).

Nuestro protagonista, joven e idealista, aún sabiendo equivocados los gustos de su tiempo está dispuesto a nadar contracorriente y llevar su propuesta estética hasta el final. Se nos presenta como un personaje que actúa con autenticidad. Quinsonnas, por el contrario, representa al artista ambicioso y cínico dispuesto a adaptarse a los tiempos con tal de llegar al éxito (<<asombrarlo [al público], ya que no es posible fascinarlo>>). Si bien conoce y aprecia la tradición tanto como Michel, su voluntad es renegar de ella (<<¡Ya es suficiente esta vuelta al pasado!¡Pensemos en el presente!>> proclama).

Me resulta interesante imaginarme esta confrontación dialéctica como un choque de propuestas de clase: por un lado Michel representaría a la aristocracia y el viejo mundo, y Quinsonnas a la burguesía y la modernidad. Si bien no se podría decir que Verne adquiere una posición claramente reaccionaria, sí que retrata a las vanguardias artísticas como cómplices de la destrucción de las formas y los temas clásicos en las artes. Asimismo las despoja de su naturaleza iconoclasta, y las subyuga al mercado, al espectáculo y el status quo.

Es muy atractivo ver cómo un autor tan vinculado a una visión positiva sobre el progreso y la ciencia explora en París en el siglo XX los claroscuros de las mismas. Si bien se suele considerar a Michel un alter ego del joven Verne apesadumbrado por los primerizos rechazos de sus obras, volverá en su vejez a temas un poco oscuros o pesimistas. 

4 Replies to “Julio Verne: París en el siglo XX (1863)”

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