¡¡¡¡LOS MORLOCKS!!!!

H.G. Wells: Things to come (1936)

Texto de Carles Llonch Molina

Para esta semana planeaba escribir sobre La guerra de los mundos de H.G. Wells, el cual acabo de leer.  Me encantaron las imágenes de tecnología marciana atemorizando a las islas británicas de finales de siglo XIX que evoca el libro, con un fuerte sabor steampunk leído en nuestra época. Pero mientras me informaba para el artículo vino a mi conocimiento esta película de 1936 de cuyo guión es responsable el escritor británico y que pienso es digna de reseñar y quizás no tan conocida.

He de confesar que la manera en que se desarrollan la historia resulta un poco insulsa en especial durante la primera parte de la película. En esta, la jerarquía de los hechos y su importancia para la historia no quedan muy claros y se suceden a ritmos desiguales. Parece ser que el metraje original y el guión de Wells fueron reducidos considerablemente en la obra final, lo que quizás justifica esas lagunas.

Sin embargo, la premisa argumental atrapa desde un principio a pesar de lo estrictamente literario, como sucede con otros libros de Wells. Hay que añadir, además, el interés de la propuesta artística de una superproducción de la época, la cual ha envejecido bien teniendo en cuenta su antigüedad. Destacan los efectos especiales así como los decorados, en especial las arquitecturas y artilugios futuristas de la última parte de la película con cierto toque Art Decó.

Por otro lado,  es interesante hacer la lectura de la obra en un plano político y social, teniendo en cuenta que ha sido escrita por un Wells anciano, al cual los sucesos históricos que ha vivido han acabado modelando sus esperanzas y frustraciones hacia el futuro de la humanidad. Poco del socialista utópico que fue en su juventud queda en la obra.

En la británica ciudad imaginada de Everytown se nos presenta al personaje principal John Cabal y a sus amigos en el día de navidad de 1940. El país está inmerso en un clima pre-bélico y esa misma noche estalla la guerra al ser bombardeada la población civil sin previo aviso. La contienda, el nombre de los países participantes no se llega a revelar, dura 26 años y en ella se utilizan de manera extendida las armas químicas.

Hay un salto temporal y se nos lleva al Everytown post-apocalíptico de los años 70. El gobierno británico parece haber desaparecido y en su lugar aparecen ciudades-estado, cuyo poder es ostentado por caciques que ayudaron a la población a sobrevivir a una plaga vírica posiblemente causada por alguna arma bacteriológica. La tecnología y la ciencia han desaparecido por completo en una edad oscura en la que parece que las lógicas beligerantes del viejo mundo no piensan extinguirse.

En este contexto reaparece de nuevo John Cabal, como representante de una organización  que ha prosperado en la otra punta del mundo cuya pretensión es ostentar el gobierno de los asuntos humanos de manera racional y pacífica. Se trata de una entidad tecnocrática que aspira a un nuevo orden mundial en el cual los estados-nación no tienen cabida ni tampoco las limitaciones al comercio.  La verdad es que su discurso bien podría ser el de un entusiasta neoliberal hablando de la globalización.  En la última parte de la película se representa un futuro en el que esa organización que representa Cabal ya es hegemónica y ha evolucionado considerablemente a nivel tecnológico.

En esta película he encontrado vínculos a otras obras sobre las que ya he escrito en el blog. En el último artículo hablé de un cuento en el que Jack London describía un futuro post-apocalíptico en el que las sociedades humanas habían sufrido una regresión. El norteamericano plantea la falta de confianza hacia la idea de progreso, lo que hace a su vez Wells en la película.

No obstante, la manera en que el británico aborda la cuestión es más moderna, pues en ella se deja entrever ya cierto pesimismo parecido al tono que Orwell y Huxley emplearían para plantear en sus famosas distopías la derrota de las utopías del XIX. Pienso que en cierta medida Wells advierte, eso sí, sin llegar a la desesperación de sus compatriotas, sobre la imposibilidad intrínseca de la organización social perfecta.

El caso es que en el futuro, una vez la deseada utopía de Cabal se ha establecido en el mundo, surge el descontento. Un artista se erige líder de un movimiento en contra del progreso y demanda el fin de la era científica en un gesto romántico de idealización del pasado que me recordó al del personaje de Michel en París en el siglo XX de Verne.  Una especie de líder conservador que al grito de “¡Alto!” quiere parar la expansión de la era científica.

Como ya he dicho antes, si bien no se trata de una obra trepidante a nivel fílmico, bien merece un visionado para los amantes del género y los que hayan leído al autor. Me gustaría conocer más sobre  el pensamiento de Wells para entender más en profundidad la obra, pues seguro que hay en ella más de lo que se aprecia en un primer visionado. 

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