¡¡¡¡LOS MORLOCKS!!!!

Anne Bjørnstad, Eilif Skodvin: Beforeigners (2019, HBO)

Texto de Toni Signes

He empezado a ver la serie noruega Beforeigners de HBO, en ésta unos flashes luminosos en el mar, próximos a la costa, traen a personas del pasado al presente. Los destellos expulsan a nuestra época a vikingos, victorianos, cavernícolas, burgueses, etcétera internacionalmente. Estos inmigrantes temporales son abandonados a su suerte en las aguas y llegan como pueden a la orilla. La potente imagen de los viajeros temporales no puede evitar recordarme a la de los inmigrantes llegando a las costas del Mediterráneo: están desorientados y asustados, la gente les ayuda mientras las autoridades les acosan con preguntas. Algunos mueren en el mar y los que llegan a tierra sufren el rechazo racista (pintadas como Beforeigners go home, a la que con mucha ironía se ha añadido otra: Sí, ¿cómo?), siguen con sus costumbres, sufren en estado de shock el choque cultural de su viaje o se “integran” en el sistema.

A este respecto quisiera destacar la idea de integración del inmigrante en el complejo cultural occidental. La comunidad europea, que nació con un espíritu conciliador y humanista, se ha desintegrado en una vorágine ultracapitalista que arrasa con las personas, así, se ha pretendido históricamente reeducar al inmigrante prometiéndole la recompensa de formar parte de Europa. Esta reeducación suponía para el inmigrante, de manera forzosa, abandonar todas sus costumbres y reemplazarlas por las propuestas (obligatorias) por la Comunidad Europea. Este lema o sistema, el de abandonar la personalidad propia en pos de la del país destino, ha sido insignia de la derecha rancia, que se la juega solicitando inmigrantes sí, pero únicamente aquellos que se hayan “integrado”. Y se la juega porque censurando de raíz una cultura lo que se demuestra no es sólo falta de respeto, también es ignorancia. Nadie puede abandonar lo que es y convertirse por imposición ajena en algo que no conoce sin pasar previamente por un proceso de auto-rechazo y desestabilización que degenerará en una violencia extrema, ya sea contra la fuerza que le obliga a abandonar su personalidad o contra sí mismo/a al ver en qué se ha convertido: un sistema de símbolos ajenos que resulta ininteligible.

Sirva como ejemplo a esta violencia generada por la idea de integración que tiene la población Europea las revueltas francesas del año 2005, en la que los jóvenes de los barrios inmigrantes de París reaccionaron con rabia tras la muerte de dos africanos que huían de la policía. Durante los disturbios se quemaron coches cada noche, curiosamente los coches que ardieron no eran los de los responsables de su situación. No eran los de alta gama de los barrios ricos de Francia, los que ardieron fueron los vehículos estacionados en las mismas calles que se originó la lucha. La rabia contenida durante generaciones se volvió contra ellos mismos. El pueblo inmigrante francés había pretendido “integrarse” a la europea y había quedado abandonado en tierra de nadie. Los hijos e hijas (y también nietas y nietos) de inmigrantes son franceses, y europeos/as, porque lo dice su documentación, pero carecen de cualquier tipo de vínculo afectivo o cultural con la tierra donde han nacido y con la tierra de origen de sus padres. Tal como afirma Félix Duque en su libro Terror tras la postmodernidad, la inhibición (en este caso cultural o social) genera la interiorización del sentimiento de ser culpable de algo y además, hace que nos sintamos frágiles, nos sitúa en un estado constante de alerta y miedo (No obstante, uno de los habitantes de estos barrios afirmó ante la televisión: “Vivimos en guetos. Todos tenemos miedo”) a la agresión frente a un extraño. Tristemente, ese algo extraño somos nosotros mismos y la agresión es algo que surge de nosotros/as mismas hacia nuestros cuerpos.

Este delirio europeo sobre la integración tiene un revés en los ciudadanos occidentales. Del mismo modo que los inmigrantes (árabes, africanos, americanos, etc) deben abandonar sus raices culturales grupales para reivindicar su individualidad (una individualidad homogénea derivada de su “integración”), los europeos saturan el concepto de individualidad hasta conseguir convertir la diferencia en aquello que nos hace iguales. Como afirma Duque, “la uniformización en las diferencias corresponde a un mundo que tiende a sofocar toda expresión de dolor.”

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